lunes, 20 de julio de 2015

La paz rutinaria


Presentí algo, pero no llegaba a conectarme del todo con el sentimiento para vislumbrar si era bueno o malo. Había que estar preparado. 
Me destapé y me hallé desnudo. Fui cambiándome con lo que iba descubriendo en el cuarto y me sentaba al cuerpo. No me acordaba nada de lo que había pasado y se me partía la cabeza. Tomé una pastilla con lo poco que quedaba de cerveza en un vaso. Hice una arcada. 
Después, con mi característica tos nerviosa fui al baño. Me refregué los ojos y enjuagué mi cara. Oprimí de la boquilla de la pasta dental lo poco que quedaba sobre un dedo y me "lavé" los dientes. No me reconocí en el espejo. Controlé los dos perfiles, mi pelo enmarañado y salí abandonando para siempre a mi acompañante. Crucé el patio helado, cruzado de brazos y con el cuello contraído. Ya del otro lado abrí la ventana corrediza y la vi. Ella no se percataba de mi presencia aún porque estaba de perfil hablando con otra persona. Antes de que volteara y hagamos contacto visual por primera vez, imperó un nuevo deseo en mí: tener una aventura con ella.
Nos presentamos y me senté enfrente. A los cinco minutos mencionó que tenía que volver a su casa. No podía dejarla ir. Saqué provecho de que no sabía donde tomarse el colectivo, le hice un gesto con la mano a el dueño de casa para que se diera cuenta de mis intenciones y la acompañé.
La parada estaba solo a dos cuadras. ¿Cuánto tiempo tendría?¿Un minuto?¿Dos distrayéndola?
Cerré la puerta de calle sin tener la llave, retrocedí, llamé dos veces con un puño débil, esperé. Toqué el timbre al rato derivado de un silencio incómodo, esperé. Un amigo abrió, hice una broma zonza sobre mi olvido, largué unas risas forzadas, cerré lo más lento posible y seguí esperando un milagro. Supuse mal si pensaba que en ese tiempo robado al destino, iba a saber de qué hablar. Fue todo el acting en vano. Sinceramente ni una semana me habría bastado para lograr una estrategia en el estado de ansiedad en que me encontraba. Cada acto, cada acción, cada movimiento, había sido premeditado, calculado hasta el más mínimo detalle. Sabiendo que no es natural ir contra el tiempo y que el universo busca su equilibrio reproduciendo infinitas veces el presente que no aceptamos, postergué lo ineludible por una fracción de segundos, y se compensó aumentando mis pulsaciones. Tenía las manos transpiradas y temblorosas. Sentía calor en pleno periodo invernal de Buenos Aires. Me sentí vulnerable. Ella mientras , titiritaba de frío, estaba en paz, atenta a el presente y aceptando lo que la vida le designe. Eramos polos opuestos y congeniábamos. Sin decir nada le pasé la campera por la espalda , y ella sonriendo me rodeó en una seguridad que hacía mucho no sentía. Bajaron mis pulsaciones y me sentí a gusto.
Caminamos diez pasos y todavía no le decía nada. Para mi sorpresa, buscando algo en sus bolsillos me mostró una cajita de liyos. Hizo un gesto como si fumara con la mano. Pensé que necesitaba tabaco, pero me estaba pidiendo marihuana. Le dije que no tenía. Había dejado de fumar cualquier tipo de cosas hacía años cuando enfermé y me advirtieron que cuide mi salud si quería seguir vivo. Me iluminé (o no) y le dije que le podía conseguir. Me pasó el número del celular y quedamos en que le iba a avisar apenas supiera de algo. Mientras corríamos para alcanzar al colectivo atinaba a sacarse la campera para devolvérmela. Le dije que en otro momento me la iba a dar, en una salida capaz. Se subió, me hizo un gesto con la mano, sonrió de nuevo y desapareció. Mientras volvía a fumar, esta vez el humo del escape en donde se iba, me pregunté: - ¿Con que derecho entra a mi vida y la convierte en un hermoso lío? 
Tras recibir un mensaje de ella que decía "gracias" todo valía la pena, hasta renunciar a la monótona paz que con trabajo y esfuerzo habíamos logrado con la mujer que dormía a mi lado la noche anterior.




jueves, 16 de julio de 2015

Diseñar es escribir


Hace unos años estaba en crisis con la arquitectura, estuve a muy poco de irme aunque no se lo había dicho a nadie en su momento. No la pasé para nada bien.
Como última jugada y medio desesperanzado, le cambié a un fragmento de Cortázar el verbo "escribir" por "diseñar": Para mi suerte, diseñar se parece mucho a escribir:
"¿Por qué diseño esto? No tengo ideas claras, ni siquiera tengo ideas. Hay jirones, impulsos, bloques, y todo busca una forma, entonces entra en juego el ritmo y yo diseño dentro de ese ritmo, diseño por él, movido por él y no por eso que llaman el pensamiento y que hace la prosa, literaria u otra. Hay primero una situación confusa, que sólo puede definirse en la palabra; de esa penumbra parto, y si lo que quiero decir (si lo que quiere decirse) tiene suficiente fuerza, inmediatamente se inicia el swing, un balanceo rítmico que me saca a la superficie, lo ilumina todo, conjuga esa materia confusa y el que la padece en una tercera instancia clara y como fatal: la frase, el párrafo, la página, el capítulo, el libro."

domingo, 12 de julio de 2015

Las modelos


Desde hacía tiempo, mi novia trabajaba como modelo en un estudio de fotografía en el barrio de Palermo. Ese día recuerdo haberla acompañado realmente, de mala gana, pero como no tenía nada más que hacer, ni se me ocurría, ni quería ponerme a pensar, lo disimulé bastante bien creo. 
La noche anterior no había dormido. Después de acostarnos y de que ella se durmiera, me dediqué a dispararle algunas fotos a su cuerpo. Ansiaba que la luz entrara por la ventana de tal manera y no de otra, y para eso esperé alrededor de tres horas. En mi cabeza estipulé el horario en que iba a suceder el fenómeno entre ella, mi ojo y el resto, como un eclipse.
Fumé hasta que las sombras coincidían con el imaginario de lo que buscaba. La espera fue recompensada, decididamente no hay mejor modelo para fotografiar que una mujer durmiendo. 
Todas habían sido sacadas con mi antigua cámara analógica, herencia de mi abuelo, con un rollo blanco y negro para que contrasten las curvas. Ni bien levantada, me increpó y me dijo que no le saque más fotos, que se sentía invadida. Cosa que ya me había señalado en otras ocasiones, pero poco me importaba, ya que sólo se enteraba de la mitad de las veces porque era de sueño profundo.
Ella no era mala, pero era tan sincera consigo misma, que había cambiado y no lo disimulaba. Los dos habíamos cambiado. Estábamos transcurriendo esa instancia de pareja en donde cualquier palabra o hecho es motivo de gritos. 
Ese día para compensar su mal humor y no quedarme dormido, llevé mi cámara para condensar el "detrás de escena". Cuando llegamos, me presentó algunas personas que no conocía de veces anteriores. En el coloquial y ameno saludo, no le presté atención a nombres ni caras, como hace la mayor parte de las personas. 
Entre estas se encontraba una modelo muy delgada y de estatura media, con un cuerpo para nada llamativo. Me percaté solo de su fuerte presencia cuando me preguntó si tenía fuego. Uno de los productores le avisó que dentro no se podía fumar. La acompañé fuera. Me dio las gracias y se quedó callada mirando hacia la nada, sentada en el cordón de la vereda. Le pregunté si tenía uno para mí y le expliqué que no los traía porque mi novia al tener problemas de asma no lo soportaba. Me dijo que éste que le encendía era el último, y que mi novia estaba a salvo dentro, por lo cual me propuso compartirlo. No enunciamos palabra, pero nos pasábamos la humareda con la normal respiración, de tal manera que por un momento sentí que nos besábamos en el aire. 
Me seducía ese silencio que habíamos pactado sin decir nada. A la vez el humo era como la arena de un reloj que se esfumaba y me iba anunciando que mi tiempo se dirigía al final.
Cuando lo terminamos, contemplando las cenizas, supuse triste que cada uno seguiría sus vidas normalmente, como si nunca nos hubiésemos visto.
Cuando desapareció el último espiral y mientras lanzaba la colilla, anunció que una cámara colgaba de mi cuello. Le expliqué que sólo era un aficionado. Ella también lo era. Me señaló entusiasta y en tono amistoso, que podría ir a revelar rollos a su casa cuando quisiera. Luego, se volvió rápido dentro a buscar la cámara que llevaba siempre consigo, la "callejera" según las propias palabras de ella. 
Al rato la vi volver con un cigarrillo sin prender en la mano y sin cámara.
En ese lapso que estuve solo y mientras observaba como se terminaba de fundir mi relación en la colilla que estaba consumiéndose en el medio de la calle, agradecí conocerla, y me dio cierta tranquilidad que mi novia esté dentro ocupada y que horas antes no me haya tratado de la mejor manera. 
De cierta forma, así no me generaba culpa y por dentro me excusaba para seguir coqueteando con esta extraña que sentía tan cercana y a la cual tiempo después fotografié durmiendo en más de una ocasión




Fotografía: Steven Meisel para Vogue Italia.

lunes, 29 de junio de 2015

Fragmento de "Rayuela" de Julio Córtazar


Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo de aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua. "

viernes, 26 de junio de 2015

"Siddhartha" de Hermann Hesse


"Om es el arco, el alma es la flecha,
y brahma es el blanco al cual
has de apuntar, impertérrito."

"¡Oh, Govinda!, creo que ni uno solo de todos los samanas llegará al nirvana. Encontramos consuelos, conseguimos insensibilizarnos y aprendemos artificios para engañarnos. Pero no hallamos lo esencial, el Camino de los caminos."

"Aquello que llamamos "aprender" no existe. sólo hay un conocimiento que está en todas partes, amigo mío, y es el Atmán."

"El primer fruto que debemos a Gotama es el habernos alejado de los samanas. ¿Podrá darnos, además, cosas mejores? Esto, amigo mío, más vale esperarlo con el corazón tranquilo."

"Y esta liberación, producto de las búsquedas que llevaste a cabo en tu propio camino, la has conseguido a través del pensamiento, la meditación, el conocimiento y la iluminación. ¡No a través de una doctrina! En mi opinión, oh Sublime, nadie accede a la liberación a través de una doctrina."

"No hay noble que no esté vinculado a otros nobles"

"Obedecer así, no a cualquier orden exterior, sino sólo a la Voz, y estar dispuesto siempre: he aquí lo principal, lo realmente necesario; del resto se podía prescindir."

"Suelo escucharlo y mirarlo a los ojos con frecuencia, y siempre me enseña algo. De un río pueden aprenderse muchas cosas."

"El río me ha enseñado que todo regresa. y tú también regresarás, samana."

"Es como Govinda- pensó al tiempo que esbozaba una sonrisa -, todos los que encuentro en mi camino son como Govinda. todos son agradecidos, aunque ellos mismos podrían reclamarme gratitud. todos son sumisos, a todos les gusta ser amigos, obedecer y pensar poco. los hombres son como niños."

"La vida que se lleva en este mundo es bastante simple - pensó Siddhartha -. No presenta ningún obstáculo. cuando aún era un samana, todo me resultaba díficil, penoso y, al final de cuentas, inútil. Mas ahora todo es fácil, tan fácil como el arte de besar que me ha enseñado Kamala. Necesito ropa y dinero, nada más. Son dos objetos fáciles y cercanos, incapaces de quitar el sueño."

"Pensar, esperar y ayunar"

"Meditar, esperar y ayunar"

"Si arrojas una piedra al agua, se precipitará hasta el fondo por el camino más rápido. Lo mismo le ocurre a Siddhartha cuando se propone alcanzar una meta, no hace nada: espera, medita, ayuna, pero atraviesa las cosas del mundo como la piedra, el agua, sin hacer nada, sin moverse, dejándose atraer, dejándose caer. Su propia meta lo atrae, pues él no deja penetrar en su alma nada que pueda apartarlo del objetivo propuesto. Esto es lo que Siddhartha aprendió con los samanas. Es lo que los necios denominan magia y atribuyen a la acción de los demonios. Más nada es obra de estos, porque los demonios no existen. Cualquiera puede ejercer la magia y alcanzar sus objetivos si sabe PENSAR, ESPERAR Y AYUNAR."

"Bueno es escribir; pensar es mejor. Buena es la inteligencia; la paciencia es mejor."

"Kamala le enseñó que no se puede recibir placer sin devolverlo, y que cada gesto, cada caricia, cada contacto, cada mirada y cada parte del cuerpo, por pequeña que sea, tienen su propio misterio, cuyo desciframiento produce felicidad al que lo descubre. Le enseño asimismo que, tras la celebración de un ritual amoroso, los amantes no deberían separarse sin antes haberse admirado mutuamente, sin sentirse al mismo tiempo VENCEDORES Y VENCIDOS, de suerte que en ninguno de ambos surja una sensación de hastío o de abandono, ni la desagradable impresión de haber abusado o de haber sido víctima de un abuso."

"- No me amas a mí ni a nadie. ¿No es verdad?
 - Es posible que así sea - repuso Siddhartha con voz cansada-. Soy como tú. Tú tampoco amas...¿Cómo, si no, podrías practicar el amor como un arte?"

"¿Por dónde me llevará aún mi camino? Es un camino absurdo, que avanza dibujando curvas, tal vez en círculo."

"¡Qué bueno es probar por sí mismo lo que hay que saber!"

"El río me enseñó a escuchar; de él lo aprenderás tú también. Lo sabe todo este río; de él puede aprenderse todo. Mira, el agua también te ha enseñado que es bueno tender hacia abajo, hundirse, buscar las profundidades."

"¿No será tu cariño un lazo con el cual lo tienes maniatado?¿No lo avergüenzas día a día y no le haces la vida más difícil con toda tu bondad y tu paciencia?¿No estás obligando a este niño mimado y orgulloso a compartir una cabaña con dos viejos que se alimentan de plátanos, para quienes un plato de arroz es ya una golosina, cuyas ideas no pueden ser las de él, cuyo corazón, viejo y tranquilo, marcha a un ritmo muy distinto al suyo?¿no crees que todo esto es, para él, una obligación y un castigo?"






martes, 12 de mayo de 2015

"Eramos tan jóvenes" de P.Smith


Yo no tenía idea de lo que sería la vida en el hotel Chelsea hasta que me mudé ahí, pero enseguida me di cuenta del enorme golpe de suerte que había sido encontrar esa habitación. Con lo que pagábamos nos podríamos haber alquilado un departamento grande cerca de las vías en el East Village, pero hundirse en este hotel excéntrico y maldito daba una sensación de seguridad además de una educación estelar. Una semana o dos después de mudarme allí, pasé a El Quixote. Era un bar-restaurante que quedaba junto al hotel, conectado al lobby por una puerta, lo que lo hacía sentir como nuestro bar, cosa que había sido durante décadas. Dylan Thomas, Terry Southern, Eugene O’Neill y Thomas Wolfe habían estado entre los que levantaron demasiadas copas allí.
Llevaba un largo vestido de rayón estilo marinero con lunares blancos y un sombrero de paja, mi estilo Al este del Paraíso. En la mesa a mi derecha, Janis Joplin atendía a la corte con su banda. Más allá estaban Grace Slick y Jefferson Airplane junto con miembros de Country Joe and The Fish. En la última mesa, de cara a la puerta, estaba Jimi Hendrix, con la cabeza agachada, comiendo con el sombrero puesto, frente a una rubia. Había músicos por todas partes, sentados ante mesas con langostinos en salsa verde, paellas, sangrías y botellas de tequila. Me quedé ahí parada, alucinada, pero no me sentía una intrusa. El Chelsea era mi hogar y El Quixote, mi bar. No había guardias de seguridad, no había sensación de privilegio. Estaban ahí porque tocarían en Woodstock. Grace Slick se puso de pie y pasó a mi lado. Estaba usando un vestido largo, que llegaba al piso, y tenía ojos violeta oscuro como Liz Taylor.
“Hola”, le dije, notando que yo era más alta.
“Hola”, contestó ella.
Cuando subí a mi habitación, sentí una inexplicable sensación de hermandad con esta gente, aunque nunca podría haber predicho que iba a seguir su mismo camino. En ese momento yo todavía era una vendedora de libros de 22 años, medio gangster, que luchaba con algunos poemas incompletos. El Chelsea era como una casa de muñecas en La dimensión desconocida, con cien habitaciones, cada una un pequeño universo. Yo caminaba por los pasillos buscando sus espíritus, muertos o vivos. Mis aventuras eran algo traviesas: empujaba apenas una puerta entreabierta para tener una breve visión del piano de Virgil Thomson, o me quedaba frente a la placa de Arthur C. Clarke, esperando que él emergiera repentinamente. Ocasionalmente me chocaba con Gert Schiff, el académico alemán, armado con volúmenes sobre Picasso, o con Viva en Eau Sauvage. Todos tenían algo que ofrecer y nadie parecía tener mucho dinero. Hasta los exitosos parecían tener el dinero justo para vivir como linyeras extravagantes.
Yo amaba el lugar, su ajada elegancia, y su historia, que guardaba con tanto celo. Había rumores sobre un par de pantalones de Oscar Wilde languideciendo en los sótanos inundados. Aquí había pasado sus últimas horas Dylan Thomas, sumergido en la poesía y el alcohol. Thomas Wolfe se movía entre cientos de páginas de un manuscrito que formaba You Can’t Go Home Again. Bob Dylan había escrito “Sad Eyed Lady of the Lowlands” en nuestro piso y una anfetamínica Edie Sedgwick, se decía, había incendiado su habitación cuando intentaba pegarse sus gruesas pestañas postizas a la luz de las velas.
Tantos habían escrito, conversado y convulsionado en estas habitaciones de casa de muñecas victoriana. Tantas polleras se habían arrastrado por las escaleras de mármol. Tantas almas trascendentes se habían casado, hecho su marca y sucumbido aquí. Yo olía sus espíritus mientras me escurría silenciosamente de piso en piso.
El gran deseo de Robert era penetrar en el mundo que rodeaba a Andy Warhol, aunque no quería ser parte de su elenco estable, ni una estrella en sus películas. Robert solía decir que conocía el juego de Andy y sentía que, si pudiera hablar con él, Andy lo reconocería como un par.
Aunque creía que tenía méritos para una audiencia con Andy, sentía que cualquier tipo de diálogo significativo con él era difícil, porque Andy era como una anguila, perfectamente capaz de resbalarse y escapar de cualquier confrontación importante. Esta misión nos llevó al Triángulo de las Bermudas de la ciudad: Brownie’s, Max’s Kansas City y la Factory, cada uno ubicado a pasos de los otros. La Factory se había mudado de su ubicación original en la calle 47 a 33 Union Square. Brownie’s era un restaurante de comida saludable que quedaba a la vuelta, donde la gente de Warhol almorzaba, y Max era donde pasaban las noches.
Las políticas de Max eran muy similares a la escuela secundaria, excepto que los populares no eran las cheerleaders, ni los jugadores de football, ni la reina de la graduación, sino en la mayoría de los casos un chico vestido de chica que sabía más como ser chica que la mayoría de las chicas.
Max’s Kansas City quedaba en la calle 18 y Park Avenue South. Supuestamente era un restaurante, aunque pocos de nosotros teníamos el dinero para comer ahí. El dueño, Mickey Ruskin, era notoriamente amistoso con los artistas, incluso ofreciendo un buffet a la hora de los cócteles por el precio de una bebida. Se decía que este buffet mantenía con vida a muchos artistas en la lucha y a muchas travestis. Yo no lo frecuentaba porque estaba trabajando y Robert, que no bebía, era demasiado orgulloso para ir. Había un gran cartel que anunciaba que se estaba a punto de entrar a Max’s Kansas City. Era un lugar casual y austero, adornado con piezas de arte abstracto que le habían dado a Mickey artistas con cuentas de bar sobrenaturales. El gran salón ofrecía bifes y langosta. El cuarto de atrás, bañado en luz roja, era el objetivo de Robert, y el blanco definitivo era la legendaria mesa redonda que todavía guardaba el aura color rosa del ausente rey plateado.
En nuestra primera visita sólo llegamos a la primera sección. Nos sentamos en una cabina, compartimos una ensalada y comimos un snack. Robert pidió Coca. Yo tomé un café. El lugar estaba bastante muerto.
Hasta hacía poco se habían sentado a la mesa redonda miembros de la realeza como Bob Dylan, Bob Neuwirth, Nico, Tim Buckley, Janis Joplin, Viva y la Velvet Underground. Era tan oscuramente glamoroso como uno podría desear. Pero corriendo por su arteria primaria, lo que en última instancia aceleraba su mundo y después los derrumbó era la anfetamina. La anfetamina les amplificaba la paranoia, a algunos les robaba sus poderes innatos, les chupaba la confianza, les destrozaba la belleza.
Andy Warhol ya no estaba allí, y tampoco su corte. Andy no salía mucho desde que Valerie Solanas le había disparado, pero también podía ser que, como sucedía con frecuencia, se hubiera aburrido. A pesar de su ausencia, en el otoño de 1969 todavía era el lugar para ir. El cuarto de atrás era el templo para aquellos que quisieran las llaves del segundo reino plateado de Andy, muchas veces descripto como un lugar de comercio más que de arte. No pasó nada en nuestro debut en Max’s y nos fuimos en taxi a casa. Sin embargo, Robert y yo seguimos yendo y eventualmente nos graduamos al cuarto de atrás y nos sentamos en un rincón bajo la escultura fluorescente de Dan Flavin, bañados en luz roja. La portera, Dorothy Dean, se había prendado de Robert y nos dejó entrar. Yo sabía que Max’s era importante para Robert. Me ayudaba tanto con mi propio trabajo que no podía negarme a participar de su ritual nocturno.
Mickey Ruskin nos permitía sentarnos durante horas tomando café y Coca, y rara vez pidiendo otra cosa. Algunas noches estaban totalmente muertas. Caminábamos a casa exhaustos y Robert decía que no íbamos a volver nunca más. Otras noches eran desesperadamente animadas, un cabaret oscuro insuflado de la energía maníaca de Berlín años ’30. Peleas a los gritos hacían erupción entre actrices frustradas y drag queens indignadas. Todos parecían estar haciendo una audición para un fantasma, y el fantasma era Andy Warhol. Yo me preguntaba si a él le importaban, aunque fuera un poco.
Una de esas noches, Danny Fields, el manager de los Ramones, llegó y nos invitó a sentarnos a la mesa redonda. Este simple gesto nos dio una residencia a prueba, lo que era un paso muy importante para Robert. Fue elegante en su respuesta. Inclinó la cabeza y me guió hasta la mesa. No reveló lo mucho que le importaba.

Robert estaba cómodo porque, finalmente, estaba donde quería estar. No puedo decir que yo me sintiera cómoda en absoluto. Las chicas eran lindas pero brutales, quizá porque parecía haber un porcentaje muy bajo de machos interesados. Podía notar que a mí sólo me soportaban, y se sentían atraídas por Robert. El era el blanco de ellas, tanto como el círculo interno era el blanco de él. Me parecía que todos estaban tras él, hombres y mujeres, pero en ese momento Robert estaba motivado por la ambición, no por el sexo.

La parte que más disfruté:


"Los días siguientes fueron de una calma desconcertante. Robert dormía mucho y, cuando se despertaba, me pedía que le leyera mis poemas, sobre todo los que componía para él. Al principio me preocupó que le hubieran herido. Entre sus largos silencios, consideré la posibilidad de que hubiera conocido a alguien.

Reconocí los silencios como señales. Ya habíamos pasado por aquello. Aunque no hablamos de ello, me fui preparando para los cambios que se avecinaban. Robert y yo continuábamos teniendo relaciones íntimas y creo que a los dos nos resultaba difícil hablar las cosas abiertamente. De forma paradójica, él parecía quererme más cerca. Quizás fuera la intimidad previa al final, como un caballero que compra joyas a su amante antes de decirle que su relación se ha acabado. (...)

Comenzamos a hacernos más regalos. Bagatelas que encontrábamos en un rincón polvoriento del escaparate de una tienda de empeños. Objetos que nadie más quería. Cruces de pelo trenzado, deslustrados amuletos, y haikus de amor escritos en cintas y cuero. Nos dejábamos notas, pastelitos. Cosas. Como si pudiéramos taponar el agujero, reconstruir la pared resquebrajada. Llenar la herida que habíamos abierto para permitir la entrada a otras experiencias."




miércoles, 29 de abril de 2015

La "informalidad" de la caverna.



Lo informal no es aleatorio ni arbitrario, sino que se basa en Ia superposición para poner de manifiesto series de certezas cambiantes. Su lógica es contingente respecto de Ias condiciones iniciales. EI caos es considerado como una sucesión de diversos órdenes, bastante diferentes de Ia idea que tenemos de "atrapar" lo arbitrario y Ilamarlo "orden".
Las vueltas que da una cinta de Moebius hacia dentro y hacia fuera son informales. Una cubierta que se convierte en una pared o en un suelo, un suelo que es una piel, donde el límite no significa línea de margen, también lo son. Dos pilares fuera de alineación, uno aliado del otro, de formas y materiales diferentes, también lo son. En vez de medidas regulares y formalmente controladas, Ia variación de los ritmos y los impulsos caprichosos van arraigando, cada opción es considerada como una oportunidad. iUna oportunidad!
EI determinismo clásico de Newton presentaba una fuerza como una flecha recta y auténtica. Llenaba el vacío con una linealidad constante: un anillo fijo de Ia rígida cadena de Ia lógica. Actualmente consideramos una fuerza fija de una manera diferente, como una vía mínima a través de un campo de potenciales. En función de Ias condiciones locales, esta vía puede variar, pero su trayectoria se basa en momentos de mutua cooperación, una yuxtaposición simultánea que dibuja una de Ias vías mínimas.

EN LO INFORMAL NO HAY REGLAS ESTABLECIDAS NI PATRONES FIJADOS QUE PUEDAN SER COPIADOS CIEGAMENTE. SI HAY UN RITMO, ÉSTE ESTÁ EN LAS CONEXIONES ESCONDIDAS, INFERIDAS E IMPLICADAS, PERO QUE NO PUEDEN SER ADVERTIDASCON EVIDENCIA. LAS RESPUESTAS SE BASAN EN LAS RELACIONES ENTRE LOS ACONTECIMIENTOS. LAS SITUACIONES HíBRIDAS SE CONSIDERAN PUNTOS DE PARTIDA VÁLIDOS, Y NUNCA ACCIDENTES FORTUITOS. UN ACONTECIMIENTO AL LADO DE OTRO NO SE CONSIDERA ALGO EXCEPCIONAL, SINO COMO UNA DINÁMICA QUE EMITE UNAS VIBRACIONES ESPECIALES.

Las soluciones estructurales que surgen de lo informal generan en un edificio energías ocultas. La conectividad se improvisa: el equilibrio une Ias partes en instantes ad hoc. Lo informal actúa como un agente de liberación, y Ia arquitectura se desprende de Ias nociones tradicionales de malIa fija y de jauIa. La topografía de estos edificios es totalmente diferente.
Las novedades son Ia intuición racional y un nuevo tipo de estructura.

Cecil Balmond.